Karla salieron.
Verónica permaneció inmóvil unos segundos más.
Entonces metió la mano en un pequeño bolsillo interior del vestido y sacó un viejo reloj de pulsera que Adrián le había entregado mes y medio antes.
Las manecillas habían estado detenidas durante años exactamente a las 12:45.
Al mirar aquella hora, algo explotó dentro de su memoria.
Una carretera mojada.
El tablero iluminado.
Su propia voz diciendo:
—Adrián, baja la velocidad.Una carcajada masculina.
Un grito detrás de ella.
Y un árbol acercándose demasiado rápido.
Vero salió de debajo de la cama.
No lloró.
Se puso un abrigo encima del vestido de novia, salió por una puerta lateral y tomó un taxi rumbo al único lugar donde siempre había conseguido ordenar aquello que parecía roto.
El pequeño taller de relojería de don Ernesto, en Zacatlán.
Todavía no sabía cómo demostraría lo que acababa de escuchar.
Pero sí sabía una cosa.