reloj.
Vero palideció.
Era prácticamente idéntico al que llevaba en el bolsillo.
—Eso no puede ser.
Puso ambos sobre la mesa.
Misma carátula clara. Misma correa de piel. Mismo modelo antiguo.
Don Ernesto abrió uno y señaló una pequeña letra grabada en la tapa interior.
L.
—Éste era de Lucía —dijo—. Tú lo encontraste hace unas semanas entre sus cosas y me pediste marcarlo para distinguirlo.
Vero tomó el segundo.
Yentonces recordó.
Su padre había comprado dos relojes iguales cuando ella cumplió dieciocho años.
Uno para ella.
Otro para Lucía.
“Para que sean como dos manecillas del mismo reloj”, les había dicho.
La memoria regresó de golpe.
La fiesta.
Adrián insistiendo en manejar porque supuestamente había bebido menos.
Vero sentándose adelante.
Lucía acostándose en el asiento trasero porque se mareaba fácilmente.
Las 12:45 brillando en su muñeca.
—No corras, Adrián. Está lloviendo.
Él riéndose.
El auto derrapando.
El grito